
La misma palabra, dicha o vivida, no es la misma palabra: si se ha dicho solamente, es una palabra sin palabra; si también se ha vivido -y no dicho- es una palabra que “suena” interiormente, incide y excava. Son los golpes de escalpelo del silencio. Cuántas veces adoptamos las palabras “perdonar” y “obedecer”, “humillarse” y “amar” y tantas otras, palabras ya comunes, tan habituales en los labios, ahí al alcance de la mano, como la moneda suelta en el bolsillo. Están desde hace tiempo en los labios; hace tiempo que no surgen del profundo silencio de la consciencia. Son estériles y las lanzamos a puñados como los confites en las fiestas de pazguatos; están áridas en los labios; no salen del espíritu ardiente de sed de perdón, de voluntad de obediencia, de fuerza de humildad y de llama de amor. Están como cenizas en los labios secos; no salen del fuego purificador, de la forja martilleada, de la alegría del dolor.
Palabras comunes, triviales como lugares comunes; objetos de uso y cambio en el mercado de la vida, donde todos vocean y gritan; donde nadie habla y nadie se escucha. Pero cuando una sola de estas palabras vive, cuando de los labios cae en el corazón y se hinca en él, detiene su concentrado latido para hacerlo girar sobre su eje con el aliento contenido e insuficiente; y del corazón sale a los labios envuelta en el silencio que la ha virginizado de nuevo y profundizado y allí se detiene inquieta en el esfuerzo de hacerse palabra, entonces una sola de esas palabras comunes se hace nueva, tremendo explosivo. Si una palabra no se ha vivido y sufrido de verdad, “creado” al menos una vez en la vida, si no se ha experimentado en la propia carne, no es posible penetrar su sentido vivo, profundo, eterno. Sólo haciendo de ella el lenguaje de nuestra profundidad, de las dimensiones que nos hacen hombres y que, no obstante, superan lo humano; sólo, sin desvestirla en el tiempo, y todavía encarnado en él lo eterno -operación dolorosa, precisamente porque no es quirúrgica, sino demiúrgica como el injerto, que no corta el tronco sino que le da, con el tallo, vida y frutos nuevos-, la palabra, cada palabra, traduce un silencio infinito y alude a un misterio inagotable, nuestro sufrimiento confortado y cada vez más necesitado de consuelo.






