jueves 17 de septiembre de 2009

M. F. Sciacca: El silencio y la palabra (Cómo se vence en Waterloo), Capítulo XXVI


La misma palabra, dicha o vivida, no es la misma palabra: si se ha dicho solamente, es una palabra sin palabra; si también se ha vivido -y no dicho- es una palabra que “suena” interiormente, incide y excava. Son los golpes de escalpelo del silencio. Cuántas veces adoptamos las palabras “perdonar” y “obedecer”, “humillarse” y “amar” y tantas otras, palabras ya comunes, tan habituales en los labios, ahí al alcance de la mano, como la moneda suelta en el bolsillo. Están desde hace tiempo en los labios; hace tiempo que no surgen del profundo silencio de la consciencia. Son estériles y las lanzamos a puñados como los confites en las fiestas de pazguatos; están áridas en los labios; no salen del espíritu ardiente de sed de perdón, de voluntad de obediencia, de fuerza de humildad y de llama de amor. Están como cenizas en los labios secos; no salen del fuego purificador, de la forja martilleada, de la alegría del dolor.
Palabras comunes, triviales como lugares comunes; objetos de uso y cambio en el mercado de la vida, donde todos vocean y gritan; donde nadie habla y nadie se escucha. Pero cuando una sola de estas palabras vive, cuando de los labios cae en el corazón y se hinca en él, detiene su concentrado latido para hacerlo girar sobre su eje con el aliento contenido e insuficiente; y del corazón sale a los labios envuelta en el silencio que la ha virginizado de nuevo y profundizado y allí se detiene inquieta en el esfuerzo de hacerse palabra, entonces una sola de esas palabras comunes se hace nueva, tremendo explosivo. Si una palabra no se ha vivido y sufrido de verdad, “creado” al menos una vez en la vida, si no se ha experimentado en la propia carne, no es posible penetrar su sentido vivo, profundo, eterno. Sólo haciendo de ella el lenguaje de nuestra profundidad, de las dimensiones que nos hacen hombres y que, no obstante, superan lo humano; sólo, sin desvestirla en el tiempo, y todavía encarnado en él lo eterno -operación dolorosa, precisamente porque no es quirúrgica, sino demiúrgica como el injerto, que no corta el tronco sino que le da, con el tallo, vida y frutos nuevos-, la palabra, cada palabra, traduce un silencio infinito y alude a un misterio inagotable, nuestro sufrimiento confortado y cada vez más necesitado de consuelo.

martes 15 de septiembre de 2009

Nota semi insomne


[Ya estamos atrevidamente lanzados sobre la profundidad, pero pronto nos perderemos en sus inmensidades sin orillas ni puertos. Herman Melville] Y pensar que uno palidece así, con esa llamada del entusiasmo creativo, ese chispazo profundo que no se abarca así, en los dedos de uno, con la misma proporción que la imagen imaginativa, que no hay palabra que se oponga a esa realidad para conectarla con ésta, para emparejarla con su hermana la memoria, porque es difícil, sí, es muy difícil que el deber escribir sea tan impulsivo como para registrar esos vientos sin poder asirlos, como un cinema-arte confuso que pasa ante los ojos o la música que desacompasa al oído, que remite siempre a la noche oscura del alma, porque el intelecto no es lo suficientemente rápido como para englobar la imaginación y amueblarla a nuestra pretendida realidad. Sí, amueblarla, porque la imaginación, aquellas imágenes aquiescentes mientras cerramos los ojos, o parpadeamos apenas, es una muestra más de que aquello es tan incómodo, tan poco rígido, pero ¡ah! tan cálido, que nuestra carne y mentalidad modernas no soportan, lo incomodan, lo vuelven fuego y se trastocan, disparándole en la cien en un rincón etéreo de nuestro ser. Hay que dejarse de idioteces burocráticas y aprender a sumar 2+2=5; dos más dos igual a cinco es la imperfección que nos caracteriza, y que, sin embargo, no podemos aceptar, porque es demasiado fuerte, demasiado tenaz y demasiado valiente hacerlo. Sí, aceptar nuestra imaginación y lanzarse por ese barranco, que más bien es un vuelo al otro lado del cielo, aquel que sólo se atisba si nuestra mirada mira hacia atrás: el lugar donde ya no hay asideros, pero se está como flotando, como en un océano, sí, eso es, como en un océano, flotando, y sin asideros. Y sólo así, en ese profundo mar, donde se aprende a nadar en el dos más dos igual a cinco es donde podemos amueblar esas aguas a nuestro terreno, que al fin y al cabo es la página en blanco, es el Moby Dick de nuestros laberintos creativos, pero a veces se nos pierde la asta incontenible, a veces ni se tiene a la mano, y no se sabe a fin de cuentas qué es más peligroso: que la deseada palabra te queme o se deje quemar. Y también, después de barajear lo que nos queda al final es tantear con la belleza.

domingo 17 de mayo de 2009

Poema I


Y después se desata la tormenta de mierda.
Roberto Bolaño

Me han contado que el cielo está hecho de mierda.
Que es un grave confabulado que no deja más resquicio al ser humano que la muerte.
Que en esa tormenta el azar no tiene cónyuge.
Y que después de todo, no existe más cielo. Existe el delirio, la certeza de que los ojos no sirven más que para esconder la idea del cielo.
Es por eso que el paseante se va. Por eso sigue de largo. Porque sabe que después de la tormenta de mierda no hay sino locura, ese camino con un piano bar sin petardos celosos de borrachera.
No.
En el cielo, también me han dicho, hay múltiples espejos que pluralizan la muerte. Y que la guerra enlodada de humanos es insoportable, porque sólo quedan dinamitas de humo cristalino para cuerpos mancillados de sudor.
Que allí pesa terriblemente hasta el viento. Que se caen una y otra vez pérfidas mimbres donde princesas cantan melodías escatológicas, honrando antepasados.
El éxtasis es parte de los caminantes; no hay remedio que valga la ceguera, el sendero encontrado de la críptica soledad.
Es por eso que el paseante se va. Por eso sigue de largo. Porque sabe que después de la tormenta de mierda no hay sino locura, ese camino sinuoso de febriles divergencias sin retrasos.
No.
Últimamente la certeza se ha hecho pan para cerdos. No hay memoria que guarde los secretos del cielo. Por ello las conjeturas decadentes prosperan allí. Porque no hay mal en la moral de la gloria soez, sino un auto de fe para el vulnerable hereje.
El dogma no es doctrina, ni la doctrina es desinteresada. La apostasía es la regla. El apostatar es celebrado bajo baños rojos de ríos deshilachados de frágil vesania. Me han dicho.
Es por eso que el paseante se va. Por eso sigue de largo. Porque sabe que después de la tormenta de mierda no hay sino locura, ese camino de baratas inquisiciones.
No.
Se comenta que hay una sola efeméride cotidiana en el cielo: el desasosiego. Un rumor de cordura gime de vez en cuando en esos días, pero el carnaval recela el tormentoso entorno.
Sólo los poetas cuchillo han cantado el cielo. Lo han tocado. Son ellos los que escriben el gran libro de la desesperanza, aunque siempre lanzan una salva al ojo desperdigado, lunático, creyendo en eso que estúpidamente llaman bonanza.
Sólo falta un desvarío para movernos en el pensamiento de la tormenta de mierda: el tiempo. El paso del tiempo produce horror. Y esto lo siguen repitiendo de un ojo a otro. La alarma choca contra el ingenio pudoroso del hombre, quemando todo espacio, quebrándose en perennes dechados de los penitentes ciclos.
Es por eso que el paseante se va. Por eso sigue de largo. Porque sabe que después de la tormenta de mierda no hay sino locura, ese camino lleno del misterioso silencio que llamamos miedo.

Ernesto Cazal

miércoles 18 de marzo de 2009

La cochina envidia por el trueno


Leyendo la novela de José Roberto Duque, No escuches su canción de trueno, he descubierto dos cosas: una escondida afición por el boxeo, y que existe algo más allá del Bien y del Mal: el “coñoemadrismo”. Un gran antihéroe como Gerardo Leiva, esa cochinada humana de sádicas y poéticas retóricas, se asemeja de a ratos a la gran ballena de Melville, sólo que la razón y la conciencia plena de sus acciones lo hace un auténtico "coñoemadre", un timador hipócrita pero comedido, a veces hasta empático. Aunque el hermano manco de los Leiva sea para mí el gran ("coñoemadre") protagonista de la novela, Santiago es el leitmotiv de la acción. Es de esos boxeadores que uno ha visto por la tele y, aunque torpe y drogadicto, derriba en cualquier momento al rival de turno con una mano de esas que te callan en seco. Sin embargo, el pobre trueno es sucumbido por el "coñoemadrismo" del hermano a un vacío, si no oscuro, por lo menos lleno de mierda.
En cuanto al boxeo, pues luego de leer cada pelea del Trueno del litoral, pasaba a la web YouTube y admiraba fragmentos de gloria de un Durán, un Leonard, un Monzón, un Alí, sólo para comparar un escenario imaginativo y torpe con uno real e incisivo. Cada página de la novela transpira sudor pugilístico, y eso ya es un logro mayor, un homenaje al deporte que se cuela como literario. Aberrando un poco la metáfora de Cortázar, esta novela no gana por puntos, gana por nocaut.
Hace un poco más de par de meses, cuando adquirí la novela, la profesora y escritora Gisela Kozak me dijo que aún hoy día no entiende el porqué No escuches su canción de trueno es un libro subvalorado dentro del corpus literario venezolano. Y debo admitir que la Kozak tiene razón. El valor que se le ha concedido a la novela de Duque ha sido casi nulo; una relectura nueve años después de su publicación sería, por lo menos, justo. Un atisbo de atención por aquí y por allá, nada tipo Falke o La enfermedad.
Después de todas las cuentas, la envidia (sí, la cochina envidia) de Gerardo Leiva, y su consecuente "coñoemadrismo" para con su exitoso hermano púgil, da cuenta de una historia que va más allá del Bien y del Mal. Al final, un trueno llega al camino de la locura, vale la pena citar las últimas líneas de la novela, no tienen pérdida:

Así que allí puedes ir a verlo, querido Carlos, hermano. ¿Te atreverás a visitarlo en ese cerro que siempre odiaste? No estoy seguro de ello, pero de todas formas si lo haces necesitarás mi recomendación, mis instrucciones. Creo que puedes hablarle con confianza, aunque es posible que no te reconozca. Es posible que reaccione ante ti con cariño o que intente fulminarte, pero no con aquellos golpes mortíferos que ya no se atreve a utilizar, sino con ráfagas de maldiciones y juramentos que no deben dolerte, que no deben doblegarte, porque no podrás comprenderlos. También es posible que te obsequie alguno de sus largos y enrevesados estribillos en forma de canción sin idioma: lobo envejecido, sirena en quiebra o ave nocturna, su mayor aspiración ante los hombres consiste en ser escuchado y en ser comprendido. Obsérvalo con atención pero no lo compadezcas, ignora su cantar porque no es de este mundo; no escuches su canción desesperada, ni llores su destino. Pero por una vez en la vida hazle honor y justicia. Apláudelo larga, tierna, calurosamente, hasta hacerle recordar y sentir en la piel a las multitudes que lo adoraron; celebra con él y dale mil felicitaciones, pues finalmente ha cumplido su más alta penitencia: pagarle una vieja deuda a quien sí pudo haber sido –aún lo creo– el más poderoso de los truenos.

sábado 28 de febrero de 2009

Regreso con Tarantino


Vuelvo con el blog después de una cibernética ausencia.
De entrada, coloco un fragmento del guión de Kill Bill: vol. 2. En la película, David Carradine hace de Bill; Uma Thurman, de The Bride (sin el pitido, Beatrix Kiddo). Tarantino nos habla sobre la personalidad particular de Superman, para luego referirse con la misma metáfora del disfraz a Beatrix y su naturaleza asesina. Al mismo tiempo, coloco una excelente foto de Carradine, al claroscuro brutal. Genial interpretación, mejor el diálogo (y sí, soy confesado fan del film; y también, en inglés):
Bill: As you know, l'm quite keen on comic books. Especially the ones about superheroes. I find the whole mythology surrounding superheroes fascinating. Take my favorite superhero, Superman. Not a great comic book. Not particularly well-drawn. But the mythology... The mythology is not only great, it's unique. Now, a staple of the superhero mythology is, there's the superhero and there's the alter ego. Batman is actually Bruce Wayne, Spider-Man is actually Peter Parker. When that character wakes up in the morning, he's Peter Parker. He has to put on a costume to become Spider-Man. And it is in that characteristic Superman stands alone. Superman didn't become Superman. Superman was born Superman. When Superman wakes up in the morning, he's Superman. His alter ego is Clark Kent. His outfit with the big red "S", that's the blanket he was wrapped in as a baby when the Kents found him. Those are his clothes. What Kent wears -the glasses, the business suit- that's the costume. That's the costume Superman wears to blend in with us. Clark Kent is how Superman views us. And what are the characteristics of Clark Kent. He's weak... he's unsure of himself... he's a coward. Clark Kent is Superman's critique on the whole human race. Sorta like Beatrix Kiddo and Mrs. Tommy Plimpton.
The Bride: Aso. The point Emerges.
Bill: You would've worn the costume of Arlene Plimpton. But you were born Beatrix Kiddo. And every morning when you woke up, you'd still be Beatrix Kiddo. Oh, you can take the needle out.
The Bride: Are you calling me a superhero?
Bill: I'm calling you a killer. A natural born killer. You always have been, and you always will be. Moving to El Paso, working in a used record store, goin' to the movies with Tommy, clipping coupons. That's you, trying to disguise yourself as a worker bee That's you tryin' to blend in with the hive. But you're not a worker bee. You're a renegade killer bee. And no matter how much beer you drank or barbecue you ate or how fat your ass got, nothing in the world would ever change that.

jueves 11 de diciembre de 2008

Palabras de Raymond Carver


De dónde provienen las historias. No del aire, de algún lugar deben venir. Así que cada cosa sobre la que he escrito significa que algo de eso ha sucedido realmente o al menos lo he escuchado, he sido testigo en alguna forma. Me imagino que recolecto y combino, como cualquier buen escritor hace. Nadie puede escribir con método estrictamente autobiográfico –sería el libro más insípido del mundo. Pero extraes algo de aquí y algo de allá. Bueno, es como una bola de nieve rodando cuesta abajo por una colina, recogiendo todo lo que encuentra a su paso –cosas que hemos escuchado, hemos visto, hemos experimentado. Ensamblas piezas y trozos y logras finalmente un mundo coherente con todo eso.
Raymond Carver, extraído del libro Conversaciones con Raymond Carver.

lunes 8 de diciembre de 2008

"El mal fotógrafo" de Juan Villoro


Un cuentito del escritor mexicano Juan Villoro, con fotografía de un anónimo (buen fotógrafo) perdido en la web. Disfruten.


Recuerdo a mi padre alejarse del grupo donde se servía limonada. En las playas o los jardines, siempre tenía algún motivo para apartarse de nosotros, como si los niños causáramos insolación y tuviese que buscar sombra en otra parte.
Puedo ver su cara recortada en el quicio de una puerta, fumando con desgano, con la rutina parda del adicto que hace mucho dejó de disfrutar el vicio. Nunca se quitaba la corbata. Para él las vacaciones eran el momento en que se manchaba la corbata y no le importaba. Sólo se ponía otra al volver al trabajo.
Supongo que nunca se adaptó a nosotros. Nos tomaba en cuenta con la calmosa dedicación con que alguien deja caer gotas azules en un acuario.
También el verdadero sol lo molestaba. Le sacaba pecas en los antebrazos, cubiertos de vellos rojizos. No era un hombre de intemperie. Lo único que disfrutaba de las vacaciones era el trayecto, las muchas horas a bordo del coche. Entonces cantaba una canción sobre un caballo de carreras. Aunque el caballo perdía siempre, su voz sonaba feliz y libre. Una voz hecha para el camino.
Distanciarse estaba en su carácter. Nunca lo vimos tomar una fotografía, pero las fotos que encontramos muchos años después deben ser suyas. Estuvo suficientemente cerca y suficientemente lejos de nosotros para retratarnos. Lo imagino con una de esas cámaras que se colgaban del hombro y tenían estuche de cuero.
Las fotos recogen jardines olvidados y casas donde tal vez dormimos una noche, en camino a otra parte. Entonces éramos más rubios, más blancos, más antiguos. Una época pálida, antes de que la fotografía a color se volviera enfática. A mi padre le iban bien esos tonos indecisos, donde un coche azul parecía más gris de lo que era.
Nadie guardó las fotos en un álbum, tal vez porque eran malas, tal vez porque pertenecían a una época que se volvió complicado recordar.
En las tomas aparecen objetos que sólo a mi padre le hubiera interesado retratar. Las bancas, los postes de luz, los tejados, los coches –sobre todo los coches– sobreviven mejor que nosotros. Ciertas fotos oblicuas o movidas parecen tomadas desde un auto en movimiento.
El dato final y decisivo para asociarlas con mi padre es que después no hubo otras. Una tarde subió a su Studebaker y no volvimos a saber de él.
Las fotografías aparecieron en un desván, dentro de una maleta con correas, estampada con nombres de hoteles a los que no fuimos nosotros. Supongo que las dejó ahí para que lo conociéramos de otro modo, para que supiéramos lo mal fotógrafo que había sido, cuán frágil era su pulso, la falta de concentración que determinaba su mirada. Un detective a sueldo hubiera hecho mejor trabajo.
¿Es posible que el autor de las fotografías sea otro? No lo creo. La torpeza, el desapego, la atención vacilante son una firma clara.
De mi padre sabemos lo peor: huyó; fuimos la molestia que quiso evitarse. Las fotos confirman su dificultad para vernos. Curiosamente, también muestran que lo intentó. Con la obstinación del mediocre, reiteró su fracaso sin que eso llegara a ser dramático. Nunca supimos que sufriera. Ni siquiera supimos que fotografiaba.
Hubo un tiempo en que vivimos con un fotógrafo invisible. Nos espiaba sin que ganáramos color. Que alguien incapaz de enfocar nos mirara así, revela un esfuerzo peculiar, una forma secreta del tesón. Mi padre buscaba algo extraviado o que nunca estuvo ahí. No dio con su objetivo, pero no dejó de recargar la cámara. Sus ojos, que no estaban hechos para vernos, querían vernos.
Las fotos, desastrosas, inservibles, fueron tomadas por un inepto que insistía.
Una tarde subió al Studebaker. Supongo que cantó su canción del caballo, una y otra vez, hasta que en un recodo solitario ganó, al fin, una carrera.